Ángel de Miguel
La guerra siempre se lucha en dos frentes, el de las armas y el de las palabras, y es muy complicado distinguir cuál es el más peligroso. Sang, el soldado inmortal del emperador, que está empezando a cansarse de morir una y otra vez, diría que los obuses y los lanzallamas son mucho peores que cualquier cosa que pueda decir nadie. Hánea, después de pasarse una vida entera rompiéndose los huesos para cambiar de rostro y espiar para el emperador, no estaría del todo de acuerdo. El odio de la emperatriz, la sed de sangre de soldados, tan altos como columnas de los templos del padre Sol, y el desmesurado ego del príncipe convierten la batalla de las palabras y las armas en una sola. La guerra ruge, y algunos se están hartando de su interminable y monstruoso rugido. Verdad solo hay una, pero formas de decirla hay miles, cada una con sus mentiras enterradas como minas antipersona. Cada cual tendrá que aprender a vivir con sus propias verdades y sus propias mentiras, y con las consecuencias que estas le traigan. Incluido el emperador, que en ese juego sucio que es la política lleva la corona del mentiroso con un orgullo con el que es muy fácil atragantarse.