Guillermo J. Caamaño
Alis tiene mente de ingeniera y alma de detective. Lo suyo no es solo la curiosidad: es el asombro, ese que a veces se pierde entre tareas, deberes y recreos pasados por agua. No hace falta ser un cerebrito para seguir a Alis, pero cuidado: leerla da ganas de serlo. Con ella, un simple huevo de plástico puede esconder códigos secretos, conspiraciones y hasta un villano que parece sacado de una película de espías (si los villanos se movieran por la Alhambra y usaran como armas la química y relojes cargados de electrones). Esta novela es una invitación a pensar, a reírse, a no entenderlo todo, pero a disfrutar el intento. Es una fantasía rara y deliciosa: mezcla ciencia y suspense con una prosa clara, donde hasta las explicaciones sobre átomos tienen ritmo y chispa. Por eso, este libro debería circular con libertad entre mochilas, pupitres y bibliotecas escolares. Porque no sermonea: seduce. Porque no enseña: contagia. Y porque convierte conceptos abstractos en historias humanas, con gente que duda, se esconde, se enamora de una idea y se lanza detrás de ella, aunque tiemble.